domingo, 24 de mayo de 2026

Zama frente a Cannas: lecciones de comunicación desde la Antigüedad


 Hay una tendencia moderna, y por tanto bastante antigua, a creer que la comunicación política nació el día en que alguien descubrió un gráfico de barras, una sala de crisis y un consultor diciendo frame, target y war room con la gravedad con la que un augur romano interpretaba el vuelo de las aves.

Conviene desconfiar de las novedades que vienen sin referencias bibliográficas. Casi todo lo que hoy se vende como sofisticación estratégica ya lo recogían los clásicos. Lo que ocurre es que leer a Polibio, a Cicerón, a Sun Tzu o a Maquiavelo exige disciplina, constancia y ganas de aprender. Y eso ya es más de lo que se necesita para organizar una tormenta de tuits.

Cannas, en el año 216 antes de Cristo, fue una de esas derrotas que no se explican solo por la genialidad del adversario. Aníbal fue extraordinario, desde luego; pero Roma colaboró con ahínco en su propio desastre. Paulo y Varrón compartían el mando consular y lo alternaban por días, que es una forma bastante romana de institucionalizar la esquizofrenia estratégica.

Un día prudencia; al siguiente, precipitación. Un día cálculo; al siguiente, arrebato. A eso hoy se le llamaría pluralidad de enfoques o cualquier otra fórmula de esas que utiliza el experto en comunicación de turno. En realidad, en ese momento la estrategia de comunicación ya no existe: apenas queda una venta de carretera a la hora del desayuno.

La primera lección de Cannas no es militar, sino comunicativa: no hay mensaje que sobreviva a una discusión asamblearia en la que cada voz compite por liderar el relato. Cuando la cadena de decisión se bifurca, la misión deja de ser brújula y se convierte en confeti. Las tropas, como los equipos, no necesitan ruido: necesitan sentido.

Zama, catorce años después, ofrece el reverso. Escipión el Africano no derrotó a Aníbal porque la historia hubiera decidido regalarle una estatua, sino porque entendió que la victoria empieza mucho antes de la batalla. Sun Tzu lo habría reconocido sin demasiada sorpresa: vence quien sabe cuándo combatir, quien conoce sus fuerzas y quien consigue que todo el ejército respire con el mismo compás.

Frente a los elefantes cartagineses, Escipión dispuso sus líneas con intervalos, ordenó el papel de los vélites y convirtió el peligro en procedimiento. No improvisó ante el estruendo; había diseñado una arquitectura de respuesta. Eso, traducido al idioma poco épico de nuestra época, se llama alineamiento interno, unidad de mando, disciplina narrativa y control del marco operativo.

La diferencia entre Cannas y Zama es la diferencia entre una organización que discute consigo misma mientras el adversario avanza y otra que ya ha decidido qué hará cuando llegue el miedo. Y esto vale para un ejército, para un gobierno, para un partido y para cualquier institución que todavía no haya confundido comunicar con emitir ocurrencias.

La comunicación estratégica no consiste en hablar mucho, aunque ahora se piense lo contrario. Consiste en que cada palabra tenga dueño, dirección, oportunidad y consecuencia. Lo demás es decoración verbal. Hay demasiados relatos que no tienen estrategia: tienen calendario, eslogan y proveedores, pero no pensamiento. Y así ocurre luego que, cuando llega el primer elefante, todos buscan al responsable de la doma.

Cicerón completa la lección con una severidad que hoy resultaría casi impertinente: nada puede ser verdaderamente útil si no es honesto. Esa idea separa la comunicación de la propaganda barata. La utilidad sin honestidad puede ganar un titular, quizá unas elecciones, incluso una temporada de aplausos. Pero termina pudriendo la credibilidad, que es el único capital que no se recompra con presupuesto.

La unidad del mensaje, por tanto, no puede ser solo una técnica. Si lo que se unifica es una mentira, tendremos una propaganda bien peinada, no comunicación. Si lo que se coordina es una impostura, la disciplina será apenas una coreografía de la falsedad. Y si lo que se pretende es hacer pasar la conveniencia por convicción, acabaremos otra vez en Cannas, aunque el decorado tenga pantallas led y consultores bilingües.

Zama enseña que el mando debe ordenar el sentido antes de ordenar la maniobra. Cannas demuestra que la contradicción interna es una forma lenta de rendición, y Sun Tzu recuerda que la victoria se prepara antes de que empiece el combate. Cicerón, por su parte, tan solo advierte que lo útil sin lo honesto no es estrategia: es deterioro moral.

Al final, la comunicación estratégica no se mide solo por su capacidad de persuadir, sino por su resistencia al paso del tiempo. Se puede vencer con un mensaje hábil. Se puede gobernar durante un tiempo con una consigna eficaz. Pero solo permanece aquello que no obliga a quien lo pronuncia a esconderse de sus propias palabras.

La enseñanza, por antigua, sigue siendo incómodamente actual: una organización puede sobrevivir a un adversario brillante, a una mala encuesta e incluso a una derrota amarga. A lo que difícilmente sobrevive es a la distancia entre lo que dice, lo que hace y lo que en realidad es.

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