cuando se cansa de los folletos promocionales, ha terminado mostrando una estampa bastante menos noble. No toda voz pública produce conversación. No toda conversación produce criterio. No todo criterio sobrevive al algoritmo.
Philippe J. Maarek, referencia consolidada en los estudios de comunicación política, resulta útil precisamente porque no contempla la digitalización desde la nostalgia ni desde el entusiasmo. Su análisis permite comprender que las redes no son una anomalía exterior al sistema democrático, sino una mutación del ecosistema comunicativo. Han ampliado la participación, desde luego, pero también han acelerado el rumor, la emoción primaria y la fragmentación del juicio público. En política, esto afecta a la deliberación democrática. En la empresa, afecta a un activo menos solemne pero no menos decisivo: la reputación.
Durante años, las grandes compañías creyeron que podían gobernar su relato mediante departamentos de comunicación, memorias anuales, campañas institucionales y una prudente administración de silencios. Era un mundo más lento. No necesariamente más verdadero, pero sí más ordenado. La reputación se construía con tiempo, con consistencia y con una cierta arquitectura de confianza. Hoy, en cambio, una compañía puede invertir décadas en levantar una marca y descubrir una mañana que su prestigio cabe en una tendencia maliciosa, en un vídeo descontextualizado o en una indignación gestionada con admirable eficacia por usuarios que jamás han leído una cuenta de resultados, pero dictan sentencia como si presidieran un tribunal mercantil.
No conviene idealizar el pasado. Las empresas también han mentido, han ocultado y han maquillado sus crisis con un dominio técnico que merecería capítulo propio en la historia universal del eufemismo. Pero el nuevo entorno digital ha alterado las reglas de exposición. Antes la reputación se erosionaba por acumulación. Ahora puede colapsar por combustión. Antes una crisis exigía un hecho, una investigación y una secuencia informativa reconocible. Ahora basta una percepción verosímil, que es el modo elegante en que nuestro tiempo llama a aquello que todavía no ha sido probado pero ya ha sido condenado.
Ahí reside uno de los grandes espejismos de las redes sociales. Se presentan como territorio de autenticidad, cuando muchas veces funcionan como una maquinaria de simplificación. La empresa compleja se convierte en villano inmediato. El consumidor se transforma en fiscal. El empleado descontento adquiere, en ciertos casos, la autoridad moral de un profeta. El competidor observa desde la sombra con la misma discreción con la que en otros tiempos se observaban los incendios ajenos. Todo ello ocurre bajo la invocación ritual de la libertad de expresión, que sirve tanto para denunciar abusos reales como para justificar falsedades rentables.
No es lo mismo fiscalizar que linchar. No es lo mismo exigir responsabilidad que destruir reputaciones con pruebas incompletas. No es lo mismo transparencia que desnudez pública permanente. La cultura digital ha convertido la sospecha en método y la adhesión emocional en prueba. Si una acusación encaja con el prejuicio dominante, ya casi no necesita demostración. Si una empresa ha sido previamente situada en el bando de los culpables, cualquier matiz parece una maniobra de distracción. En ese clima, comunicar no consiste solo en explicar. Consiste en sobrevivir al primer juicio.
Maarek advirtió sobre el rumor incontrolable en el ámbito político. Esa advertencia puede trasladarse sin violencia al sector privado. La desinformación corporativa no siempre adopta la forma grosera del bulo. A menudo opera de manera más sutil. Selecciona una parte de la realidad, elimina el contexto y activa una emoción disponible. Después, la red hace el resto. La velocidad sustituye al contraste. El impacto sustituye a la relevancia. La viralidad sustituye a la verdad. Y la compañía afectada descubre, con una puntualidad bastante cruel, que el comunicado oficial llega siempre después del incendio.
Las grandes empresas han entendido tarde que las redes no son únicamente canales de marketing. Son escenarios de legitimidad. En ellas se discute la calidad de un producto, pero también la conducta fiscal, la política laboral, la huella ambiental, la diversidad, la relación con proveedores, el salario de sus directivos y hasta el tono con el que contestan a una queja menor. Nada queda fuera del escrutinio. El problema no es el escrutinio. El problema es que ese escrutinio convive con la teatralidad, la manipulación y la recompensa permanente de la indignación.
La reputación, por tanto, ya no puede gestionarse como un barniz colocado al final del proceso empresarial. Debe formar parte del gobierno corporativo. No se trata de publicar más, sino de merecer más credibilidad cuando llegue el conflicto. Una empresa sin relato sólido, sin coherencia interna y sin una mínima cultura de responsabilidad pública se convierte en materia inflamable. Puede tener buenos productos, buena tecnología y buenos resultados. Pero si carece de confianza acumulada, cualquier crisis la encontrará desnuda ante una multitud que no pide explicaciones. Pide culpables.
En este punto conviene introducir una dosis de cinismo, aunque sea por higiene intelectual. Muchas compañías no quieren transparencia. Quieren apariencia de transparencia. No quieren conversación. Quieren control sin parecer autoritarias. No quieren asumir el riesgo moral de estar en redes. Quieren el alcance gratuito, la estética juvenil, la emoción medida y la conversión comercial. Pretenden, en definitiva, instalarse en la plaza pública sin que la plaza pública les devuelva barro. Es una pretensión comprensible. También es infantil.
Las redes no son el enemigo absoluto de la reputación corporativa, pero tampoco son su aliado natural. Constituyen un territorio de disputa donde la verdad, el interés, el resentimiento, la denuncia legítima y la manipulación profesional compiten en tiempo real. Pensarlas solo como escaparate es un error estratégico. Pensarlas como ágora democrática es una ingenuidad. Pensarlas como campo de batalla quizá resulte desagradable, pero bastante más exacto.
Por eso, la lección de Maarek mantiene toda su vigencia fuera del perímetro estricto de la comunicación política. La digitalización no ha liberado la verdad. La ha obligado a competir en peores condiciones. Y del mismo modo que la democracia no mejora porque todos griten a la vez, la reputación empresarial no se fortalece porque una marca acumule seguidores, interacciones o aplausos de alquiler.
Al final, el titular conserva su pequeña maldad. La reputación no cotiza en likes. Cotiza en confianza, en conducta y en memoria pública. Lo divertido, si uno conserva cierto sentido fúnebre del humor, es que muchas grandes empresas siguen celebrando cada corazón rojo como si fuera capital reputacional, mientras el algoritmo, que no cree en la verdad ni en los balances, prepara con paciencia el próximo derrumbe.






